¿Sixto? Sixto si está

Cayeye
By Cayeye marzo 5, 2016 23:52

¿Sixto? Sixto si está

sixtoPor JAIME BARBOSA PICÓN – Foto BUNACHI YURKANU.

Al final de la tarde del viernes 19 de febrero, Sixto Antonio Cantillo, un curtido pescador artesanal, se dio cuenta que el combustible de la lancha no era suficiente para regresar a Taganga. Se hallaba junto con otros dos hombres y mil cien cojinoas que habían caído en su chinchorro en El Vigía, mar adentro frente a Bahía Concha, cuando el motor de la ‘Sharith’ se apagó y los dejó a la deriva.
El viento soplaba con mucha fuerza y comenzó a arrastrar a la pequeña embarcación mar adentro. Con apenas dos canaletes, sin chalecos salvavidas y sin radio, los pescadores no tuvieron más opción que remar con todas sus fuerzas para mantenerse lo más cerca de la línea costera como les fuera posible.
Fue una noche eterna, el viento no cesaba de soplar. Sólo al amanecer amainó y los náufragos pudieron tirarse al piso de la lancha y tomar un respiro.
A las ocho de la noche del viernes, la familia de Sixto sospechó que algo no estaba bien. Mirando hacia la boca de la bahía, su esposa y Sixto junior, su hijo mayor, esperaban que de un momento a otro apareciera su lancha; pero a medida que pasaban las horas supieron que el veterano pescador estaba en problemas.
El rumor de la desaparición de los pescadores se había regado como verdolaga en playa. La Armada suspendió las operaciones de pesca y de buceo mientras no cambiaran las condiciones climáticas, en tanto que amigos y familia-res, haciendo caso omiso de la prohibición se lanzaban al mar en procura de los desaparecidos. Sin embargo la búsqueda fue infructuosa y regresaron al amanecer con las manos vacías.

A cincuenta kilómetros al suroeste de Taganga, a medida que el sol se alzaba en el horizonte y el calor sofocante empezaba a hacer de las suyas, el cuerpo de los náufragos comenzó a pasarles factura por el sobre humano esfuerzo realizado la noche anterior. Sin agua y sin comida, no tuvieron otra opción que botar por la borda las mil cien cojinoas que tenían almacenadas pues el peso y la fatiga acumulada les dificultaba mantener la distancia de la costa.
A la altura de Tasajera, una decena de kilómetros mar adentro, la brisa desapareció y el mar quedó calmo. Sixto fondeó y fue cuando entendió que sus oraciones habían sido escuchadas por Dios y se había salvado, pues esa zona es paso frecuente de barcos mercantes y barcazas carboneras. De hecho las autoridades marítimas, alertadas por la desaparición de los pescadores, habían iniciado las operaciones de rescate temprano en ese lugar.
Pasado el mediodía, un helicóptero de la armada divisó en la inmensidad del océano la diminuta lancha con tres hombres que levantaban los brazos y saltaban en señal de júbilo.
Más tarde, una lancha de la guardia costera los abordó, enganchó el bote y lo arrastró hasta Taganga, donde los afortunados hombres fueron recibidos en medio de aplausos y abrazos por compañeros, familiares y turistas que no entendían que sucedía.
Un día después, sentado en la entrada de su humilde vivienda, Sixto mira al infinito y da gracias a Dios porque esta aventura tuvo un final feliz. “estos incidentes son normales, son cosas del oficio, uno tiene que estar preparado para morir cuando le toque, lo que más me duele, más que la espalda por la exigente remada ,fue tener que botar las mil cien cojinoas”. -Dice con resignación.

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