La nostalgia de los tiempos idos

Cayeye
By Cayeye Febrero 26, 2016 21:05

La nostalgia de los tiempos idos

pag8Por FRANCO TIRADO R. / Fotos: Jaba

En este lugar, en medio de edificaciones centenarias y callejones suicidas, está resumida la historia de la primera ciudad fundada en América del Sur, el 29 de julio de 1525, en el territorio de los caciques Bonda, Gaira y Taganga, en el valle del río Manzanares, al pie de la Sierra Nevada de Santa Marta por el conquistador español don Rodrigo de Bastidas: Santa Marta. En 1524, un año atrás de su fundación, la corona española entusiasmada por la información del viaje que 23 años antes Bastidas había realizado en compañía de Juan de la Cosa por la costa atlántica colombiana, le había concedido al sevillano la Gobernación de Santa Marta en el territorio ubicado entre el río Magdalena y el Cabo de la Vela.
Con la ayuda de los nativos que vivían en el idílico valle, don Rodrigo de Bastidas ordenó levantar una docena de casas de madera con techos de palma donde alojó a las casi tres centenares de personas que le acompañaron en esa travesía y ofrendo a Dios y a La Corona el nuevo asentamiento.
pag9 bastidasDesde aquí se inició el poblamiento de la región, y el lugar desde el cual salieron las expediciones hacia el interior del país, como la de Jiménez de Quesada y Antonio Díaz Cardoso que culminó con la fundación de Bogotá; la de Pedro de Heredia fundador de Cartagena; la de Gonzalo Suárez Rendón, fundador de Tunja y de Pedro de Ursúa, fundador de la ciudad de Pamplona.
Santa Marta gozó en sus primeros años de un buen comienzo, pero los ataques de los piratas que iniciaron en 1543, condenaron la ciudad a la decadencia, porque la actividad comercial migró a Cartagena, ciudad que tomó la supremacía de la navegación ya que los navíos españoles dejaron de arribar al puerto samario.
Santa Marta fue asaltada y saqueada por piratas franceses, ingleses y holandeses por más de un siglo: esta amenaza constante obligó a muchos a buscar lugares más seguros como Cartagena, Mompox y Ocaña. La ciudad quedó casi despoblada y de ella no quedó ninguna huella ya que fue quemada decenas de veces, hasta 1660, después de la destrucción de la ciudad por parte de William Goodson, cuando el capitán de infantería, Sebastián Fernández de Gamboa, elaboró el proyecto ’Memorial sobre la reedificación y fortificación del Puerto y Ciudad de Santa Marta, donde planteó la reconstrucción, el traslado de la ciudad y la construcción de una fortaleza en El Morro.

A pesar de todas estas vicisitudes la ciudad creció. A comienzos del siglo XVIII tenía algunas calles que se fueron formando a partir de la Plaza Mayor en el sitio que hoy ocupa el bunker del edificio del Banco de la República: la calle de la Marina o de la Cruz (calle 12); calle de la Iglesia Mayor o de San Francisco (calle 13); calle del Cuartel o de la Cárcel (calle 14); calle de la Acequia (calle 15); calle Santo Domingo (calle 16); calle de la Veracruz, Calle Real o Calle Grande (calle 17). La Calle de Mamatoco que nacía de la prolongación hacia el oriente de la calle de San Francisco, y la calle de Madrid con dirección al antiguo camino de Gaira. A partir de 1820, se fue formando el sector Oeste de esta calle, con el nombre de Calle del Pozo (calle 18).
pag9 parquePor entonces sólo existían tres carreras y apenas se perfilaba la carrera cuarta que se conocía como Callejón Real. La carrera segunda se llamaba Calle del Río porque discurría por el lecho seco del brazo del río hasta la Calle Grande, donde tomaba el nombre de Callejón del Seminario, y más adelante se conocía como Callejón del Cuartel, pues pasaba por el viejo comando de Infantería cons-truido allí en 1792 por don Antonio Marchante, el constructor de la Catedral actual.
Frente al Cuartel se formó la segunda plaza importante de la ciudad, la Plaza de Armas, rebautizada en 1827 como Plaza de la Constitución, actualmente conocida como Parque de Bolívar porque en su costado noreste está la Casa de la Aduana, donde el Libertador Simón Bolívar estuvo primero vivo y después muerto. Primero, al llegar enfermo a la ciudad del 1 al 6 de diciembre de 1830; y luego al ser velado su cadáver desde el 17 al 20 diciembre de ese año, cuando sus restos fueron trasladados a la Catedral para darle cristiana sepultura.
A finales del siglo XVIII, la bonanza bananera llegó a la ciudad buscando el puerto al que arribaban barcos ingleses, norteamericanos y de otras nacionalidades. Con los primeros desembarcaron los marinos que practicaban en la playa el deporte que pocos años más tarde se convertiría en el deporte de las multitudes, el fútbol, y que de inmediato captó la atención de las gentes de entonces, generando tal afición que con su práctica se formó el primer equipo local que jugaban con los ingleses cada vez que estos embarcaban banano. Los samarios son de hecho, los primeros futbolistas de Colombia
El característico ruido del tren se escuchaba por toda la ciudad. Sin duda el banano y el ferrocarril trajeron buenas cosas para la naciente villa, donde no faltaba la alimentación compuesta de pescado, frutas, guineo, leche, buena carne., jamones de Virginia, mantequi-llas holandesas, etc. Como describiera acertadamente ‘pincho’ Padilla el célebre chef samario casi un siglo más tarde, cuando dijo que en la alacena de su casa, aunque eran muy humildes, no faltaban las mejores viandas de todo el mundo, y definía a la inmensa mayoría de los habitantes de la ciudad como sibaritas pobres.
Iniciando el siglo XX nacieron hacia el Sur las calles 20 y 21, San Antonio y Burechito respectivamente, y la calle 19 o de la Carnicería, llamada luego Tumbacua-tro. Hacia el oriente la ciudad llegaba hasta la carrera quinta actual, donde comenzaba el sector rural, matizado por una serie de casas aisladas.
La ciudad tenía todavía como centro la Plaza de San Francisco, donde se ubicaban los principales almacenes del comercio local, y el viejo mercado construido en 1881 durante la gobernación de José María Campo Serrano, en cuyo alrededor se reunían los carrua-jes arrastrados por mulas y burros y los primeros carros que se estacionaban para el servicio del público.
Así, la ciudad mantuvo su aspecto arquitectónico colonial hasta mediados de siglo cuando los hermosos caserones dieron paso a construcciones de inferior calidad y estética.
La transformación arquitectónica y urbanística afectó notablemente a la ciudad. De las ermitas y templos sólo quedan la iglesia de San Francisco, la iglesia del hospital San Juan de Dios y la Catedral actual construida en1765 llamada “madre de todas las iglesias de Colombia”. De los castillos o fuertes sólo encontramos las ruinas del fuerte de San Fernando y el de El Morro. Los otros se perdieron, como el de San Juan de Mata, el de San Vicente, el de San Antonio, el de Betín y el de la Peña de Lipe-San Fernando.
Como lo describe el doctor Arturo Bermúdez Bermúdez, historiador recientemente fallecido: “de la Santa Marta colonial, la ciudad bella y tranquila, la de calles arenosas y noches alegres de familias en las puertas de sus casas, no queda sino un lejano recuerdo reflejado en las construcciones que aún perduran en su centro histórico; todavía resuenan en nuestras mentes “la pájara pinta” o “mambrú se fue a la guerra” y evocamos los juegos y tantas cosas que murieron ya hace varias décadas. Duele ahora recorrer en la noche una ciudad triste y silenciosa, sin voces de niños que cantan y corren, duele ahora recorrer en la noche una ciudad triste y silenciosa, sin voces de niños que cantan y corren. En cambio, con horror, se oye la música estrepitosa de bares y cantinas que han invadido el centro histórico”.

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