De Venezuela viene un barco cargado de___ mujeres de negro

Cayeye
By Cayeye Marzo 5, 2016 23:42

De Venezuela viene un barco cargado de___ mujeres de negro

prosti veneca1Por GABRIEL PADILLA P. – Santa Marta, la ciudad más antigua de sur América; la tercera más importante en la región Caribe colombiana, rodeada de cerros, ríos, playas, ensenadas, bahías y vigilada por la Sierra Nevada -única en el mundo- que se adentra en lo profundo del mar caribe con una exuberante vegetación, se ha convertido en el destino turístico más apetecido del país para los turistas nacionales y extranjeros.
La avalancha de visitantes ansiosos de aventuras y placeres mundanos, ha generado la aparición de otro grupo de turistas provenientes de la vecina Venezuela, que sin visa de trabajo, practican la prostitución y se pasean libremente por las calles y malecones de la ciudad sin control alguno por parte de las autoridades.
Ninfa Renata* de 26 años de edad, es una joven mujer, de buen parecer, de un metro setenta y cinco centímetros de altura, porte de reina, cabello castaño, tez trigueña, pestañas largas y ojos gateados, natural de Maracaibo, quien lleva un par de años cruzando la frontera por las trochas la Majayura y el Limón, en Paraguachón, en la frontera con La Guajira, es una de ellas.
En conversación con el periódico Cayeye, sentada en una de las bancas del malecón de la bahía, contó que al principio la cosa era muy dura y peligrosa, pues la guardia venezolana les cobraba hasta doscientos Bolívares de los fuertes para dejarlas pasar, hasta que conocieron a los Wayuú, a quienes ellas llaman los chinitos, quienes por dos mil devaluados pesos colombianos por persona, les sirven de guías y les facilitan el ingreso por las trochas a Colombia.
prosti venecaNinfa Renata*, enciende un cigarrillo, mira hacia El Morro y continúa su relato. Escogió la Perla de América para ejercer su oficio, porque está a un paso de su tierra y porque no siente temor de ser deportada pues aquí nadie le pide documentación alguna, ni pasaporte, ni cédula. Todo es muy tranquilo, ojalá en Maracaibo las cosas fueran así de fácil. –afirma-.
Según Renata, en los burdeles maracuchos ya no es rentable trabajar por falta de garantías y por la situación económica del país que ha encarecido todo. Por eso, les ha tocado salir de su país y venirse hasta las ciudades de la costa colombiana, incluidas Barranquilla y Cartagena, aunque algunas de ellas, las menos aventureras, no pasan de Maicao y Riohacha rebuscándose en las calles y en los burdeles reconocidos.
La mujer se distrae un instante mientras ve pasar lentamente un vehículo de alta gama, aspira con elegancia lo que queda del cigarrillo y exhala el humo de lado girando su rostro con elegancia y coquetería.
Como todo ser humano, Ninfa Renata* tiene sueños y trabaja para conseguir buen dinero y comprar una casa en Maracaibo para su familia; y como están las cosas, con el peso colombiano más fuerte que el Bolívar, siente que sus sueños están a un paso de convertirse en realidad.
Aquí vendo mi cuerpo por cien mil y hasta ciento cincuenta mil pesos por una hora de placer sexual y 40 dólares si el paciente es extranjero; así reúno hasta tres millones de pesos colombianos en un fin de semana que al cambiarlos por bolívares se convierten en una millonada. Ahora, mi familia vive mejor, hay dinero, lástima que la comida está escasa… Dice la mujer, quien continúa su relato asegurando que casi todas sus colegas y paisanas se sienten ricas a su regreso a Venezuela. Recuerde usted querido periodista que no hace mucho, según mis amigas veteranas, la cuestión era al contrario cuando el Bolívar se cambiaba a dieciocho pesos colombianos, y entonces eran las prostitutas colombianas, muchas de Santa Marta, quienes retornaban ricas a sus ciudades. Suelta una sonrisa suave y se despide.
Vestida con un traje negro ceñido al cuerpo, con una cartera de sobre debajo del brazo, envuelta en el aroma de su perfume Channel, se aleja al ritmo del tic tac de sus tacones por el camellón de la bahía de Santa Marta, en busca de clientes que le permitan seguir soñando.
Finalmente, después de dialogar con otras mujeres de negro –prostitutas venecas- algo queda claro: aparte de que no hay celos entre ellas, es que cualquier mujer, viniere de donde viniere, puede ejercer la profesión más antigua del mundo en Santa Marta, sin que las autoridades la molesten: no les piden pasaporte, menos visa de trabajo, y mucho menos carné de salud.
*. El nombre ha sido cambiado para proteger la identidad de la fuente.

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