Qué mató a Bolívar

Cayeye
By Cayeye julio 19, 2013 12:14

Qué mató a Bolívar

nairo quintana2Revelaciones de carta inédita de Manuela Sáenz a Madame Agustine. La misiva sería el eslabón perdido para descifrar la muerte de Bolívar.

El manuscrito está fechado en Guaduas el 24 de octubre de 1830.

“En las calles de La Candelaria Manuelita Sáenz se contoneaba con traje de gran escote, rígido corset y sonrisa alevosa. Había ganado la batalla definitiva: la del amor contra las razones citadinas de los murmuradores y enemigos del Libertador. Manuelita, que ya conocía aquellos celos y malquerencias de su vida de Quito al lado de Thorné, el esposo, estaba convencida de ser ella la única capaz de salvar a Bolívar como en efecto sucedió en la celebrada noche septembrina.

tek1Nada de ser una santa, pero de las mujeres que amara en Caracas, París, Madrid, Quito y la misma Santa Fe,  en nadie creyó como en ella, una fe que sólo en la reclusión de San Pedro Alejandrino, enfermo, sin amigos, sufrió un golpe mayor que la ingratitud cuando accidentalmente él, que jamás creyó en casualidades, leyó una carta reveladora de las artes de Manuela, dirigida a madame Agustine, la amante del brusco y ancho doctor Reverand. En la misiva la Sáenz aconsejaba  el empleo metódico de una oración para rendir el amor masculino. No lo quiso creer, por más que en las manos temblorosas tuviera la caligrafía de Manuela, vertida en una esquela que José Palacio encontró en el piso del carruaje del médico durante una revisión que ordenó Mariano Montilla, siempre desconfiado, nada cortés, que no obstante la captura y remisión a Cartagena de Ezequiel Rojas, conspirador que días antes había llegado a la ciudad procedente de Burdeos y refugiado en el Palacio Episcopal, se mantenía alerta, temeroso de algún golpe de mano de los amigos del Obispo Estévez, afrentado con el allanamiento de la sede religiosa.

Bolívar sonrió con la carta en las manos del excesivo e inútil celo de Montilla. Ni un veneno ni un puñal podían ser más crueles que este escrito de Manuela introducido en San Pedro Alejandrino en las mismas narices del fiero comandante. Obra o no de sus enemigos allí la tenía él, incapaz de retirar los ojos del texto. En la terrible misiva, el genio burlón de la Sáenz, con zurdos rasgos, en una combinación de elementos monjiles, recursos de tropera y mística del vudú, le hacía ver a la Agustine el éxito de cierta oración que a ella le  permitió someter sin mucho esfuerzo al brillante, audaz y ferviente guerrero de la cama.

A juzgar por el semblante de Palacio, el afán de Reverand de desprenderse del enfermo para acudir a los requiebros de la Agustine, Bolívar, el hombre que nunca había temido a la muerte, se sintió más empequeñecido, negado a aceptar que su Manuela hubiera recurrido a guisas tan indignas en el designio de  someterlo a  servidumbre como un vulgar cabrón.

Esa noche y la siguiente, que sería la última, se negó  a probar alimentos, rechazó los vomitivos prescritos por el médico y  se recluyó en la más acabada soledad, negándole el habla incluso a Palacio, sin prestarle atención a las voces de sus generales que jugaban tresillo en la pieza contigua. El orgullo le impidió abordar a Reverand y ponerle el tema de la carta de Manuela a madame Agustine. Algo lo detuvo. Estaba convencido que cada quien tiene la obligación de vivir los espejismos del amor y sufrir los rigores del desengaño y la verdad. Feliz Reverand, pensaría, que ignoraba ser un pelele de la Agustine y vivía la felicidad de una pasión sin límites. Volvió a tener un pensamiento para el inflexible Obispo Estévez, quien, unos días antes, le había sugerido sin decírselo mostrar público arrepentimiento de sus escandalosos amores con Manuelita y con la mirada le solicitó a Palacio callar la afrenta, sólo que al día siguiente al sobrevenirle la muerte, el fiel Palacio olvidó el papel de la fina caligrafía en una mesita de su habitación, de donde lo tomó la negra Antonia Bololó, que se la enseñó al párroco de Mamatoco, Hermenegildo Barranco, quien a su vez, temeroso de las furias del Obispo Estévez y de las acechanzas de los enemigos masones de Bolívar, la depositó en una cripta de la iglesia, donde la letal epístola fue sustraída durante una fiesta de San Agatón por hábiles y bien remuneradas manos.

Bolívar estaba bastante enfermo de los pulmones, es cierto, pero una buena temporada en las estribaciones de Masinga como prescribió Reverand, hubiera servido para curarlo de sus afecciones. En este punto la moderna medicina coincide unánimemente. Así que es bastante razonable atribuir un carácter destructivo a la lectura reveladora de aquella carta, que hizo de él la presa fácil de un estado depresivo que le venció el espíritu, le paralizó el cuerpo y le bloqueó la razón, acabando con El Libertador  en pocas horas con una eficacia que el buen José Palacio nunca imaginó.

No es fácil de imaginar que inconsciente para el mundo, insensible a la gravedad y los gimoteos de los amigos congregados en su lecho de agonizante, entregó el alma sin poder sustraerse a una irónica voz que pedía sin cesar…. que me ames// que me ames// que por mí te mueras…. Expiró oficialmente El Libertador a la una y cinco de la tarde.”

POR FELIPE AVILÉS MONTES Y RODRIGO DE LA GÁNDARA. MIEMBROS DE LA SOCIEDAD BOLIVARIANA DE VENEZUELA. ESPECIAL PARA CAYEYE.CO

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